La terapia con fagos: una esperanza frente a las infecciones resistentes

Durante generaciones, hemos concebido a los virus como causantes de enfermedades, pero hay un tipo que podría cambiar esta percepción: los bacteriófagos o fagos, que atacan bacterias y pueden salvar vidas. A medida que los antibióticos pierden eficacia ante la resistencia bacteriana, esta terapia recupera protagonismo como una solución prometedora.

Un poco de historia

El descubrimiento de los fagos se remonta a 1915, cuando el bacteriólogo británico Frederick Twort observó un “agente invisible” que destruía cultivos de bacterias. Dos años después, el canadiense Félix d’Hérelle describió estos virus y los denominó bacteriófagos, que significa “comedores de bacterias”. D’Hérelle fue pionero en proponer su uso como tratamiento para infecciones humanas. Durante las primeras décadas del siglo XX, esta terapia se aplicó con éxito en varios países, tratando disentería, infecciones cutáneas y otras enfermedades bacterianas. Sin embargo, la llegada de la penicilina en 1928 y el auge de los antibióticos después de la Segunda Guerra Mundial hicieron que el interés en los fagos disminuyera en Occidente, aunque en lugares como Georgia y Polonia su uso nunca se interrumpió.

Hoy, frente a la crisis de las resistencias antimicrobianas, Occidente vuelve a mirar a estos diminutos aliados olvidados.

¿Qué son los fagos y por qué son necesarios?

Los fagos son virus que solo infectan bacterias, dejando intactas las células humanas. Cada fago está diseñado para atacar una bacteria específica, lo que los convierte en una herramienta precisa. A diferencia de los antibióticos, que pueden eliminar tanto bacterias beneficiosas como perjudiciales, los fagos actúan como francotiradores, atacando únicamente a las causantes de la infección.

Según la Organización Mundial de la Salud, más de un millón de personas mueren anualmente a causa de infecciones que ya no responden a los antibióticos. Se estima que, si no se encuentran soluciones eficaces, esta cifra podría superar los 10 millones para 2050. Las ventajas de los fagos son claras: son altamente específicos, respetan la flora intestinal, pueden evolucionar junto a las bacterias y, en muchos casos, generan menos efectos secundarios que los antibióticos tradicionales.

La terapia con fagos sigue un proceso definido: primero se identifica la bacteria responsable de la infección, luego se elige el fago adecuado de colecciones especializadas. Este fago se multiplica en laboratorio y se purifica antes de ser administrado, ya sea de forma oral, tópica, intravenosa o incluso inhalada. Una vez en contacto con la bacteria, el fago introduce su material genético, obligándola a producir más copias de virus, lo que finalmente provoca su destrucción.

El seguimiento médico es fundamental para controlar la evolución del tratamiento, ajustándolo si es necesario, incluso combinando varios fagos en un «cóctel».

Ventajas y limitaciones de la terapia con fagos

La principal ventaja de la terapia con fagos es su selectividad, lo que significa que no dañan la flora intestinal ni el sistema inmunitario. Además, pueden adaptarse cuando las bacterias intentan hacerse resistentes. Sin embargo, la especificidad también presenta un desafío, ya que es fundamental identificar con precisión la bacteria causante de la infección. Además, en muchos países aún faltan normativas claras y ensayos clínicos amplios que respalden su uso.

Las ventajas de los fagos frente a los antibióticos incluyen que no alteran el microbioma, evitando problemas digestivos, son seguros al infectar solo bacterias y pueden ser eficaces en infecciones donde los antibióticos fallan. Su capacidad de adaptación los hace difíciles de superar por las bacterias resistentes.

Ya hay casos inspiradores que demuestran su efectividad. Un paciente estadounidense con una infección intratable se recuperó tras recibir un cóctel de fagos. En hospitales de Georgia, esta terapia ha mantenido resultados positivos, atrayendo la atención de la comunidad médica internacional.

Mirando al futuro

La ciencia explora actualmente fagos modificados en laboratorio para hacerlos más eficaces o incluso capaces de transportar genes terapéuticos. Además, su aplicación podría extenderse a la agricultura y ganadería, reduciendo el uso excesivo de antibióticos en animales y cultivos.

La idea de que un virus pueda curarnos puede parecer contradictoria, pero la terapia con fagos recuerda que la naturaleza ofrece soluciones inesperadas. En un mundo amenazado por bacterias resistentes, estos pequeños aliados tienen el potencial de marcar una diferencia significativa. Aunque queda camino por recorrer, su potencial los sitúa como protagonistas de la medicina del futuro.