La vida marina ha encontrado un inesperado refugio entre los vestigios de la II Guerra Mundial en el mar Báltico, donde se han contabilizado hasta 43.000 organismos por metro cuadrado en las ojivas de bombas no detonadas. Este hallazgo proviene de un estudio realizado por la Universidad de Duke y publicado en la prestigiosa revista Nature Communications Earth & Environment.
Un legado bélico transformado en hábitat
Hasta 1972, era habitual deshacerse de bombas y residuos de guerra arrojándolos al mar, una práctica que dejó un legado de contaminantes tóxicos. Sin embargo, los investigadores dirigidos por Andrey Vedenin han descubierto que los revestimientos metálicos de estas bombas ofrecen «una superficie perfecta para que la vida marina arraigue». En el caso del mar Báltico, se ha demostrado que la diversidad de vida en los restos bélicos supera a la de los sedimentos circundantes, lo que plantea interrogantes sobre la relación entre toxicidad y hábitat.
El estudio revela que las ojivas de los misiles V-1, utilizados por la Alemania nazi, se han convertido en «pequeños tesoros» habitados. A través de un sumergible controlado a distancia, el equipo de Vedenin observó que había significativamente más especies en las municiones que en el sedimento, con un promedio de 43.000 organismos en las ojivas frente a los 8.200 de las zonas adyacentes.
Impacto de la contaminación y adaptaciones biológicas
Los investigadores también encontraron una amplia variedad en las concentraciones de compuestos explosivos presentes en el agua, desde solo 30 nanogramos por litro hasta 2,7 miligramos por litro. Este último nivel se considera «potencialmente mortal y tóxico para la vida marina». A pesar de esto, la investigación concluye que para muchos organismos marinos, establecerse en estas superficies duras es más beneficioso que los riesgos asociados a la exposición a sustancias tóxicas.
Los hallazgos sugieren que los organismos se agrupan principalmente en los revestimientos de las bombas, evitando el contacto directo con el material explosivo expuesto. Esto podría indicar comportamientos adaptativos que buscan minimizar la exposición a los químicos nocivos.
Vedenin y su equipo señalan que, aunque las municiones han pasado a ser un hábitat significativo en la bahía, la creación de superficies artificiales seguras podría favorecer aún más al ecosistema local. Esta investigación no solo documenta cómo los restos de conflictos humanos pueden ser reutilizados como hábitats, sino que también invita a reflexionar sobre la necesidad de gestionar adecuadamente los residuos bélicos en el mar.
