El Ejército de Estados Unidos ha anunciado un plan sin precedentes para adquirir más de un millón de drones militares antes de 2028, un aumento que multiplica por veinte las adquisiciones anuales actuales. Este movimiento, revelado el 8 de noviembre, busca responder a la creciente necesidad de competir con adversarios que han integrado de manera masiva estos sistemas no tripulados en sus estrategias militares.
El secretario del Ejército, Daniel Driscoll, confirmó esta aceleración de adquisiciones durante una visita a Picatinny Arsenal, donde se desarrollan tecnologías avanzadas de defensa contra drones. Actualmente, el Ejército compra alrededor de 50 000 drones anuales, pero se prevé que esta cifra aumente entre 500 000 y varios millones anuales en un futuro cercano, lo que representa una transformación estratégica en la producción y uso de estos sistemas.
Un enfoque revolucionario en la doctrina militar
Este plan se centra en dotar a cada escuadra de infantería con drones considerados como munición desechable, un cambio significativo respecto a la percepción tradicional de estos dispositivos como equipamiento delicado y costoso. La política se apoya en memorandos y directrices institucionales que buscan potenciar tanto las capacidades ofensivas como defensivas de la fuerza militar, asegurando así la superioridad tecnológica frente a potencias como China y Rusia.
La estrategia está respaldada por documentos oficiales y legislativos que indican un esfuerzo coordinado entre las entidades militares, el Congreso y la industria, orientado a alcanzar los objetivos de producción y despliegue en los plazos establecidos. Este respaldo normativo permite flexibilizar las adquisiciones y favorecer la producción nacional de drones y componentes esenciales como motores y sensores.
Lecciones del conflicto ruso-ucraniano
Las enseñanzas extraídas del conflicto entre Rusia y Ucrania han marcado el rumbo de esta nueva estrategia estadounidense. En Ucrania, la producción anual de drones supera los cuatro millones, cifra que China duplica, lo que ha llevado a una reevaluación de las capacidades de producción estadounidense, que hasta el momento se mantenía en niveles mucho más bajos.
El Ejército estadounidense ha comenzado a integrar los drones en tácticas que priorizan la cantidad sobre la sofisticación individual, con el objetivo de replicar la versatilidad y el bajo coste observados en el conflicto ucraniano. Una orden ministerial establece que cada escuadra deberá contar con drones para finales de 2026, especialmente en regiones estratégicas como el Indo-Pacífico.
A pesar de este impulso, diversos expertos y organismos de control han expresado su preocupación por la falta de supervisión pública y parlamentaria en la implementación de este programa. La delegación de poder a mandos militares para la adquisición directa de drones genera dudas sobre la trazabilidad de los artefactos y la fiscalización de su uso.
La dependencia de nuevos proveedores y la fabricación de componentes clave en instalaciones aún en desarrollo plantean incertidumbres sobre la calidad y sostenibilidad de la producción, lo que podría tener repercusiones negativas tanto a nivel interno como en las relaciones internacionales.
Mientras tanto, el programa SkyFoundry y las iniciativas asociadas están actualmente en revisión en los comités de Defensa y Presupuesto del Congreso estadounidense, donde se prevén importantes resoluciones para el primer trimestre del próximo año. Estas discusiones se centrarán en nuevas legislaciones destinadas a actualizar el marco regulatorio que permita una industrialización acelerada y garantice mayor transparencia en los procesos de adquisición.
El futuro de esta ambiciosa iniciativa dependerá de la capacidad de equilibrar los intereses estratégicos con los derechos civiles y las responsabilidades éticas, elementos esenciales en un contexto de despliegue tecnológico masivo y creciente competencia global.
