Un reciente estudio dirigido por Ben R. Mather y publicado en la revista Communications Earth & Environment ha revelado que el núcleo terrestre y la tectónica de placas han influido en el clima global durante los últimos 120.000 millones de años. Esta investigación sugiere que el ciclo profundo del carbono, que se ve impulsado por la formación y destrucción de la corteza terrestre, regula los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, alternando entre períodos glaciales y épocas más cálidas.
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El estudio propone una visión innovadora sobre cómo el océano actúa como un sumidero gigante de CO2, absorbiendo este gas de la atmósfera y almacenándolo en forma de carbonatos y sedimentos en el fondo marino. A lo largo del tiempo geológico, este «almacenamiento» se desplaza sobre placas tectónicas que, al llegar a zonas de subducción, liberan parte del carbono de nuevo a la atmósfera, afectando el clima terrestre.
El ciclo profundo del carbono y su impacto en el clima
La investigación de Mather destaca que, aunque tradicionalmente se ha vinculado el aumento del CO2 a la actividad volcánica en las zonas de subducción, es fundamental considerar también las dorsales oceánicas y los rifts continentales. Este enfoque permite entender mejor cómo se han alternado las épocas glaciales (icehouse) y las épocas cálidas (greenhouse) en la historia de la Tierra.
La teoría del ciclo profundo del carbono se explica de manera sencilla: el océano actúa como un grifo que introduce CO2 en el sistema terrestre, mientras que el desagüe se refiere al secuestro de carbono en rocas y sedimentos. Si las «entradas» de CO2 superan a las «salidas», el planeta tiende hacia una fase greenhouse, y viceversa. Este balance es esencial para comprender los cambios climáticos a largo plazo.
El papel de los organismos calcificadores en el clima
Un aspecto crucial que el estudio de Mather pone de relieve es la influencia de los organismos calcificadores, como los cocolitóforos y foraminíferos planctónicos. Estos organismos ayudan a convertir el carbono disuelto en calcita, que se deposita en el fondo marino, contribuyendo al almacenamiento de carbono y, por ende, a la regulación del clima. A medida que estos organismos se diversificaron y expandieron, el volumen de sedimentos carbonatados también aumentó, lo que favoreció el equilibrio del CO2 en la atmósfera.
Con este enfoque novedoso, Mather invita a repensar cómo se han formado y destruido los climas a lo largo de la historia de la Tierra, destacando la importancia de las dorsales oceánicas en el ciclo del carbono y su impacto en el clima global.
Este estudio no solo proporciona nuevas perspectivas sobre la interacción entre tectónica y clima, sino que también subraya la necesidad de seguir investigando estos procesos para entender mejor cómo el planeta regula su clima a escalas de millones de años.
