La desconexión entre la producción alimentaria y el consumo

La percepción de que la seguridad alimentaria en España se asegura únicamente con estanterías repletas de productos en los supermercados es un error que muchos ciudadanos, incluidos responsables políticos, comparten. Esta visión simplista surge de una educación que se ha distanciado de la realidad del sector agrícola y ganadero. Relacionar un campo de trigo con el pan que consumimos o una granja de vacas con el vaso de leche del desayuno se ha vuelto un ejercicio teórico para muchas personas, lo que ha generado una desconexión palpable entre lo urbano y lo rural.

Desconexión entre ciudadanos y el campo

Cada vez es más común ver turistas que se quejan de los sonidos del campo, como el canto de los gallos al amanecer, que interrumpen su escapada romántica en la naturaleza. Este enfoque edulcorado del campo, limitado a imágenes de prados verdes y paisajes idílicos, no refleja la realidad de quienes habitan y trabajan en el entorno rural. La percepción errónea también influye en la política agrícola europea, donde se diseñan acuerdos comerciales que no consideran las necesidades de los agricultores locales.

Mientras que a los productores nacionales se les exige cumplir con rigurosas normativas ambientales, sanitarias y laborales, apenas un 0,08 % de las mercancías importadas son inspeccionadas. Esta situación crea una competencia desleal que amenaza la sostenibilidad del sector primario español, permitiendo la entrada de productos que no cumplen los mismos estándares. La desigualdad en la regulación plantea serias dudas sobre la seguridad alimentaria a largo plazo.

Lecciones del pasado y futuro incierto

La crisis del COVID-19 puso de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas de suministro en Europa. Durante la pandemia, aunque existió escasez de muchos productos, el sector primario español demostró su fortaleza al garantizar el suministro de carne, huevos, frutas y hortalizas frescas. Sin embargo, la pregunta que persiste es qué habría sucedido si este sector se hubiera visto debilitado de antemano. ¿Habríamos sido capaces de asegurar la alimentación en una crisis extrema?

A pesar de las lecciones aprendidas, el sector primario no ha sido reconocido como esencial por las autoridades europeas. Esta falta de reconocimiento implica un riesgo considerable: si no se dotan de medios y seguridad a los agricultores y ganaderos, la verdadera garantía de la seguridad alimentaria se verá comprometida. Es fundamental que tanto el Gobierno del Estado como Bruselas reconsideren sus políticas para asegurar un futuro sostenible y justo para el sector agrícola, evitando repetir los errores del pasado.