La inminente celebración de las elecciones andaluzas puede ofrecer al Partido Popular (PP) una victoria contundente, aunque esta misma victoria podría convertirse en una trampa peligrosa. A medida que el resultado electoral se presente como más satisfactorio, el PP podría caer en la tentación de posponer una cuestión crucial que debe abordar: si su verdadero objetivo es gobernar España o simplemente ocupar un lugar en el poder.
Los partidos políticos, en cierto modo, funcionan como agencias de colocación que proporcionan empleo y protección a sus miembros, además de la esperanza de que algún día puedan ejercer el poder. Sin embargo, este enfoque se convierte en un problema grave cuando la búsqueda de soluciones políticas queda relegada a un segundo plano, y el objetivo se transforma en asegurar que «nuestros» gobiernen, en lugar de trabajar por el bien común. Esta ambigüedad en el enfoque del PP refleja, en última instancia, la ambigüedad de lo que la ciudadanía demanda.
El dilema de Feijoó y el futuro del PP
Alberto Núñez Feijoó se enfrenta a un dilema en su liderazgo, que va más allá de elegir entre moderación y firmeza o entre seguir el modelo de Madrid o el de Galicia. Debe decidir si su meta es llevar al PP a la Moncloa para disfrutar del poder o para revertir un declive institucional que, en la actualidad, solo se denuncia sin respaldar esa crítica con propuestas concretas de renovación.
El PP no comienza desde cero, pero parece no haber asumido el verdadero alcance del problema que enfrenta. En su ponencia política para 2025, el partido prometió recuperar la sedición y devolver a los jueces la elección del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Sin embargo, estas promesas no son suficientes en relación con el diagnóstico que el propio PP hace de la crisis institucional. Aunque Feijoó incluyó la «regeneración democrática e institucional» como prioridad en sus cien primeros días, ocho meses después, las propuestas siguen sin definirse, lo que da la sensación de que las intenciones anunciadas pueden ser compatibles con un continuismo poco deseable.
Los desafíos de la política actual
La estrategia del PP también se complica por la influencia de Vox, que no necesariamente obliga a un cambio radical, sino que puede facilitar una negociación en la que se prioricen asuntos simbólicos sobre la reconstrucción institucional. Esta situación ya se ha observado en anteriores gobiernos autonómicos en coalición, que han sido más eficaces en la gesticulación que en la implementación de reformas necesarias.
La actual dirección del PP fue elegida para unir al partido, no para cambiar su rumbo. Sin embargo, lo que necesita el aparato del PP y lo que exige España en este momento no coinciden. La desconexión con el voto joven es una señal clara de alarma; un partido que pide el voto del cambio mientras perpetúa la continuidad se arriesga a perder a su electorado.
Feijoó tiene la oportunidad de evitar que esto suceda, pero no a través de declaraciones genéricas sobre el cambio ni de solicitar confianza antes de haberla merecido. La decisión es clara: debe optar entre gobernar de verdad o conformarse con que el PP ocupe el Gobierno. Esta última opción podría satisfacer a algunos pesimistas, pero gobernar exige incomodar a ciertos sectores del partido y afrontar los desafíos con propuestas concretas y audaces. La repetición de errores del pasado no solo sería perjudicial para el PP, sino también para el país en su conjunto.
