El inicio de la primavera en los viñedos españoles trae consigo un fenómeno natural que, aunque poco visible a simple vista, es fundamental para el ciclo de la vid: el lloro. Este proceso, que ocurre normalmente a finales de invierno y principios de primavera, indica que la planta se está preparando para un nuevo ciclo de crecimiento, a pesar de la apariencia de las cepas, que están secas y sin hojas tras la poda invernal.
El lloro de la vid: un indicador clave
Durante este periodo, la savia comienza a circular desde las raíces hacia la parte aérea de la planta, y se manifiesta a través de pequeñas gotas que rezuman de los cortes realizados durante la poda. Este fenómeno se produce generalmente en áreas como Rías Baixas, donde marzo es un mes crucial debido al aumento de temperaturas y horas de luz. Sin embargo, los expertos aclaran que no existe una fecha fija para el lloro, ya que la vid reacciona a las condiciones climáticas y no al calendario.
Entre siete días y dos semanas después de la poda, la planta puede exudar de 0,2 a 5 litros de agua, dependiendo de la intensidad del flujo. Este proceso no debilita a la vid, sino que la ayuda a cicatrizar y a activar las yemas que, semanas después, darán lugar a los primeros brotes verdes. La cantidad de llanto es un signo de la salud de la planta: cuanto más llora, más reservas de agua tiene en sus raíces.
Un ritual emocional para los viticultores
Para los viticultores, el lloro de la vid es una señal inequívoca de que la planta ha superado el invierno y está lista para comenzar un nuevo ciclo. Albert Costa, propietario y enólogo de la bodega Vall Llach en Porrera, explica que este fenómeno trasciende lo biológico, al considerarlo un momento de renacimiento. “Si la planta no llora, está muerta, pero más allá del aspecto estrictamente científico, para mí es el recomenzar y tiene un valor emocional”, afirma.
La poda invernal es esencial para controlar el crecimiento y la calidad de la uva. A medida que se retrasa o se amplía la poda, el lloro suele ser más abundante. Durante este tiempo, se establece una conexión emocional entre el viticultor y la planta, convirtiendo el llanto en un símbolo de esperanza y renovación. Este silencio roto por las lágrimas de la vid es, en esencia, la naturaleza manifestándose, lista para desplegar su esplendor a lo largo de la temporada.
Así, las lágrimas de la vid no expresan tristeza, sino un impulso vital que marca el inicio de un nuevo ciclo, llevando consigo la promesa del verde de los pámpanos, el calor del verano y la maduración del fruto. Este pequeño milagro silencioso que se repite cada año es el recordatorio de que, tras el invierno, la vida florece nuevamente.
