El 9 de mayo, mientras Europa conmemora el Día de Europa como símbolo de la paz tras la Segunda Guerra Mundial, otros países interpretan esta fecha de manera radicalmente diferente. Según el profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Zaragoza, Juan Luis López Aranguren, las distintas visiones sobre este acontecimiento reflejan las diversas memorias históricas que configuran el actual equilibrio de poder global.
Un día de conmemoración y divergencia
Para los europeos, este día simboliza el paso de la guerra a la cooperación, recordando la Declaración de Schuman de 1950, un hito en la unificación y reconciliación del continente. Esta celebración festiva sustituye en la memoria colectiva la rendición incondicional de Alemania, que tuvo lugar el 8 de mayo de 1945. Así, el 9 de mayo se convierte en un homenaje a la paz, evidenciando la superación del odio y el establecimiento de un proyecto común entre naciones que anteriormente se habían enfrentado en conflictos devastadores.
Sin embargo, en Rusia, esta fecha se celebra como el Día de la Victoria, un evento que conmemora el triunfo militar sobre la Alemania nazi. Para los rusos, la guerra no es vista como un conflicto mundial, sino como la Gran Guerra Patriótica, y su líder, Vladimir Putin, ha utilizado esta narrativa para reforzar su popularidad interna, especialmente en el contexto de la guerra en Ucrania. Este año, el desfile militar en la Plaza Roja se llevó a cabo sin la presencia de tanques, debido a la amenaza de ataques ucranianos, lo que contrasta con el discurso triunfalista de Putin, quien ha afirmado que «Rusia lucha contra toda la OTAN».
Perspectivas globales divergentes
Para Estados Unidos, el fin de la Segunda Guerra Mundial se marca oficialmente en el Pacífico, con la rendición de Japón el 2 de septiembre de 1945 a bordo del USS Missouri en la Bahía de Tokio. Este evento no solo simboliza el cierre de la guerra, sino que también marca el inicio de la era atómica y la consolidación de EE.UU. como superpotencia global. En este contexto, Europa es a menudo vista como un actor secundario, rescatado de sus propias dictaduras, según comentarios de figuras políticas como Donald Trump.
Por otro lado, en China, la Segunda Guerra Mundial es solo un capítulo más dentro del Siglo de las Humillaciones, que comenzó en 1839 con la Primera Guerra del Opio. Para los chinos, el conflicto no termina en 1945, sino en 1949 con la fundación de la República Popular China. Esta percepción histórica puede encender la competencia hegemónica global entre EE.UU. y China, donde el pasado sigue influyendo en las relaciones contemporáneas.
Así, el 9 de mayo se convierte en un símbolo de las distintas interpretaciones del fin de la guerra más destructiva de la historia. Estas visiones divergentes son la razón por la cual alcanzar consensos en la actualidad resulta tan complicado. No solo se trata de intereses diferentes, sino de memorias históricas que dan forma a las identidades nacionales. En este contexto, es esencial reconocer que la construcción de un futuro común requiere una comprensión profunda de cómo cada nación interpreta su propio pasado. Por ello, en este Día de Europa, más que nunca, debemos ser conscientes de la importancia de la memoria histórica en las relaciones internacionales.
