La participación ciudadana en España enfrenta un cambio significativo. La preocupación por el aumento de la desconfianza hacia las instituciones ha generado un descenso en la implicación de la ciudadanía en los procesos políticos tradicionales. Sin embargo, esta energía cívica no ha desaparecido; se ha transformado, encontrando nuevas formas de expresión y movilización.
La voz de Donatella di Cesare y la necesidad de la participación activa
Donatella di Cesare sostiene que “la única solución que tenemos es la política y la participación activa de la ciudadanía a través de las movilizaciones pacifistas”. Esta afirmación refleja una tesis central de su pensamiento: ante la creciente deriva autoritaria y tecnológica, la respuesta debe ser profundamente democrática. Aquí, la política se convierte en un ejercicio colectivo de responsabilidad, donde los ciudadanos recuperan su agencia frente a poderes que buscan despolitizar decisiones.
La autora añade que “los pueblos no quieren la guerra”, contrastando la voluntad popular con las lógicas estatales que suelen justificar los conflictos. Esta frase, aunque sencilla, resuena con fuerza: la guerra no es un destino inevitable, sino el resultado de decisiones tomadas por élites que no necesariamente representan el sentir de la mayoría. Esta perspectiva reivindica la capacidad de las sociedades para resistir la normalización de la violencia y articular alternativas basadas en la convivencia y la desobediencia civil pacífica.
Desafíos en la participación ciudadana
En España, la implicación ciudadana ha cambiado de forma y de intensidad. La última década ha visto movilizaciones extraordinarias, como el 15M, las mareas ciudadanas y las protestas feministas, que mostraron una sociedad capaz de ocupar el espacio público. Sin embargo, esta energía se ha vuelto más irregular y menos sostenida.
La participación en estructuras estables, como asociaciones y partidos, ha disminuido, acompañada por un aumento de la desconfianza hacia las instituciones. Esta desconfianza es alimentada por la polarización y la fragmentación parlamentaria, junto con la percepción de que las decisiones importantes se toman lejos del ciudadano común. Aunque no ha desaparecido la movilización, se observa que ahora se produce en estallidos masivos cuando un tema toca una fibra sensible, como la defensa de la sanidad pública en Madrid o las manifestaciones por la vivienda.
Parte de esta participación se ha desplazado al ámbito digital, donde la indignación es inmediata, pero la organización es frágil. Así, más que un retroceso absoluto, se vislumbra una ciudadanía activa pero cansada, más reactiva que propositiva, movilizada por urgencias más que por proyectos de largo recorrido.
La advertencia de Di Cesare resuena especialmente en este contexto: sin continuidad y estructuras que sostengan la acción colectiva, la resistencia democrática pierde capacidad para frenar dinámicas autoritarias. En España, existe una tensión entre una protesta social intensa y la dificultad para convertir esa energía en participación continuada y organizada que influya en la política institucional.
La reflexión sobre este fenómeno se vuelve crucial para entender el presente español. La llamada de Di Cesare a una resistencia basada en la implicación ciudadana sostenida adquiere relevancia en un momento en que los ciudadanos buscan nuevas formas de expresión en un entorno político que desafía la participación activa. La fuerza de la energía cívica puede ser un motor de cambio, pero para que esto ocurra, es necesario fomentar espacios donde la participación no solo sea posible, sino también efectiva y duradera.
