En la fatídica noche del 18 de agosto de 1947, la ciudad de Cádiz fue sacudida por una devastadora explosión en el almacén número 1 de la Base de Defensas Submarinas de San Severiano. Esta tragedia se saldó con un total de 152 muertos y más de 5.000 heridos, una cifra que podría haber sido mucho mayor de no ser por la actuación valiente y decidida de la Compañía de Defensa Pasiva del Tercio del Sur de la Infantería de Marina.
Alertados por la explosión, el coronel Vicente Juan ordenó la preparación de los medios contraincendios y la movilización del personal disponible. La unidad, liderada inicialmente por el teniente Miguel Montañez, enfrentó múltiples dificultades debido a la confusión reinante y el caos que generó la tragedia. A pesar de las averías mecánicas y la oscuridad, lograron trasladar una motobomba, que pesaba casi una tonelada, al lugar del desastre, una hazaña que fue crucial para iniciar las labores de extinción.
Una vez en el lugar, los hombres de la compañía se enfrentaron a una situación crítica. Lograron localizar un aljibe subterráneo, sepultado por las ruinas, y con herramientas y esfuerzo físico, lograron conectar dos mangueras de 50 metros. Esta acción permitió poner en marcha la motobomba, que demostró su eficacia al combatir el incendio que amenazaba un depósito de 491 minas sin explosionar. La mezcla de agua y emulsor se lanzó contra el fuego, evitando una catástrofe aún mayor.
La respuesta de las Fuerzas Armadas
Durante cinco horas, la compañía no solo luchó contra los incendios principales, sino que también apagó numerosos pequeños focos de fuego. Mientras tanto, las nuevas secciones de Infantería de Marina y los marineros del Cuartel de Instrucción de San Fernando se dedicaron al rescate de las víctimas atrapadas, evacuando a los heridos y colaborando con la Guardia Civil para garantizar la seguridad en la zona devastada.
La misión de la Compañía de Defensa Pasiva era minimizar los efectos de los bombardeos aéreos sobre las ciudades, labor que se había incorporado a la doctrina militar española en 1940 tras las experiencias de la guerra civil. Estas unidades estaban específicamente entrenadas para actuar en situaciones de emergencia, utilizando tanto medios contraincendios como de rescate.
Un legado de valentía y profesionalidad
El ejemplo de la Compañía de Defensa Pasiva en Cádiz es un fiel reflejo del espíritu de las Fuerzas Armadas. Muchos de los infantes de marina que actuaron en esa noche trágica eran jóvenes que cumplían con su servicio militar obligatorio, muchas veces dejando de lado su propia seguridad para ayudar a la población gaditana en un momento de gran necesidad.
La valentía y la determinación mostradas por estos hombres quedaron grabadas en la memoria histórica de la ciudad, un testimonio de la entrega total al servicio de los demás en los momentos más críticos. La historia de aquella noche sigue siendo un símbolo de la profesionalidad y el compromiso de nuestras Fuerzas Armadas, que han demostrado su valía en múltiples ocasiones a lo largo de la historia.
