La percepción del instinto maternal en el reino animal está siendo cuestionada por investigaciones recientes que revelan la complejidad de los comportamientos parentales. En el Parque Nacional de Amboseli, en Kenia, durante la década de 1980, se observó el nacimiento de una cría de elefante que, a pesar de su fragilidad, logró alimentarse después de varias horas de incertidumbre. La madre, Tallulah, una elefanta primeriza de 17 años, no mostraba la confianza esperada, lo que generó preocupación en la científica estadounidense Cynthia Moss, quien presenció la escena. Esta situación contrasta con el nacimiento de otra cría en el mismo parque, donde la matriarca Deborah actuó con seguridad y eficacia.
El comportamiento maternal no siempre se manifiesta de manera instintiva. La investigadora Jeanne Altmann ha documentado casos de primates, como el de una babuína llamada Vicky, quien no logró alimentarse adecuadamente debido a la torpeza de su madre, lo que llevó a su trágica muerte a los 30 días. Entre los primates, la mortalidad de los primeros hijos es notablemente más alta, lo que pone en tela de juicio la noción de un instinto maternal infalible.
En el ámbito humano, el estudio del vínculo madre-bebé también ha arrojado resultados sorprendentes. Un estudio publicado en 2024 en la revista Social Science & Medicine reveló que mientras dos tercios de las madres informaron sentir un apego inmediato hacia sus hijos, un tercio no experimentó la misma conexión. Este hallazgo ha alimentado el debate sobre la existencia del instinto maternal, con artículos en medios de comunicación internacionales que lo califican como un mito.
La complejidad del comportamiento maternal
La noción de instinto suele ser un término paraguas que abarca comportamientos que se manifiestan desde el nacimiento y que no requieren aprendizaje. Sin embargo, el neurocientífico Mark S. Blumberg señala que esta clasificación simplista no refleja la realidad. La respuesta instintiva puede parecer automática, como en el caso de la huida ante un peligro, pero no nacemos con la habilidad de correr. La línea que separa lo instintivo de lo aprendido es difusa.
Además, la predisposición a ciertos comportamientos puede ser el resultado de una red compleja de factores biológicos y ambientales. Por ejemplo, la psicóloga Susan Mineka demostró que los monos pueden desarrollar un miedo a las serpientes al observar a otros monos asustarse, sugiriendo que estas criaturas nacen preparadas para aprender a temer ciertos estímulos.
La crianza no es exclusiva de las hembras, ya que los padres también experimentan cambios hormonales significativos tras el nacimiento de un hijo. La oxitocina, conocida como la hormona del vínculo, también aumenta en los hombres, lo que les permite identificar con precisión los rostros de sus hijos. Estos hallazgos refuerzan la idea de que, aunque no nacemos sabiendo criar, todos los seres mamíferos están, de algún modo, predispuestos a aprender a hacerlo.
Conclusiones sobre el instinto maternal
A medida que se profundiza en el estudio del comportamiento maternal, se hace evidente que tanto humanos como animales desarrollan sus habilidades parentales a través de la experiencia y el aprendizaje, más que mediante un instinto riguroso. Por lo tanto, la crianza emerge como un proceso en el que la conexión emocional y la interacción social desempeñan papeles cruciales.
En última instancia, el mito del instinto maternal se desdibuja ante la evidencia científica, dejando en claro que, aunque la naturaleza nos proporciona ciertas predisposiciones, el aprendizaje y la adaptación son fundamentales en la crianza.
