La Península Ibérica atraviesa uno de los veranos más críticos en cuanto a incendios forestales, con columnas de humo y llamas que persisten en el horizonte. Este escenario ha reavivado viejas preguntas sobre la gestión forestal, especialmente en un contexto en que los efectos del cambio climático son cada vez más evidentes. Durante las últimas semanas, la opinión pública ha empezado a asimilar la importancia de invertir en prevención, recordando que «los incendios no se apagan en verano, se apagan en invierno». Sin embargo, los problemas son más complejos y van mucho más allá de la simple financiación anual para la gestión de incendios.
El impacto de la falta de planificación forestal
Desde hace décadas, la falta de una adecuada planificación en la ordenación de las áreas forestales ha contribuido a agravar la situación. Según Eduardo Corbelle Rico, doctor en Ingeniería Forestal por la Universidade de Santiago de Compostela, el problema radica en cómo se planta y gestiona la vegetación, no solo en qué especies se eligen. Aunque el eucalipto y el pino son frecuentemente señalados como culpables por su alta inflamabilidad, Corbelle advierte que centrar la discusión en estas especies desvía la atención del verdadero problema: el cambio en el paisaje durante los últimos 60 años.
El ingeniero forestal explica que, en un año normal en Galicia, se queman menos de 30 000 hectáreas, principalmente matorral y no grandes extensiones de árboles. Las condiciones de sequía prolongada, altas temperaturas y vientos intensos son los factores que predisponen a los incendios de gran magnitud. Así, lo que arde en estos incidentes no es solo el matorral, sino también el arbolado, lo que hace aún más evidente la necesidad de un enfoque integral para la gestión de los bosques.
Modelos de gestión colectiva en Galicia
La gestión colectiva de montes, como la que se lleva a cabo en el monte de Froxán, en A Coruña, representa un modelo a seguir. Este bosque sufrió un devastador incendio en 2006 y, tras un esfuerzo conjunto, ha logrado recuperarse y ser reconocido por la ONU como un espacio natural gestionado de manera eficaz. Según Joám Evans Pim, uno de los promotores de este cambio, la clave está en adoptar un enfoque distinto que priorice la resiliencia ante el fuego y el cambio climático.
Las brigadas deseucaliptizadoras que han surgido a raíz de esta experiencia son un ejemplo de cómo la comunidad puede unirse para crear un entorno más seguro. Con cerca de 1 500 voluntarios a lo largo de Galicia, estas brigadas han realizado más de 40 actuaciones este año, eliminando especies invasoras y promoviendo la recuperación de especies autóctonas. Sin embargo, la sostenibilidad de estos esfuerzos enfrenta retos significativos, como la falta de recursos económicos y la necesidad de un mantenimiento constante de los terrenos.
El futuro de la gestión forestal en la Península dependerá de la capacidad de las comunidades para organizarse y de la voluntad política para apoyar modelos que vayan más allá de la reforestación masiva con especies comerciales. La integración de la ganadería y la agricultura en la gestión de los montes puede contribuir a un paisaje más diverso y menos propenso a los incendios, asegurando así un entorno más seguro para las generaciones futuras.
