La desigualdad en España: ¿un problema generacional o de clase?

El debate sobre la desigualdad en España ha cobrado una relevancia notable en los últimos días, centrando su atención en la creciente disparidad entre generaciones. Según datos recientes, la brecha de riqueza entre las personas de 65 a 74 años y aquellos que actualmente tienen entre 35 y 44 años se ha multiplicado por nueve en las últimas dos décadas, lo que pone de manifiesto el desolador escenario que enfrentan los jóvenes en el ámbito económico.

El Instituto Juan de Mariana publicó esta semana un informe titulado Brecha generacional: cómo el sistema de pensiones y el modelo fiscal penalizan a los jóvenes españoles, el cual sostiene que los privilegios de los jubilados están perjudicando a las nuevas generaciones, que se ven obligadas a sostener un sistema de pensiones que consideran injusto. La conclusión del informe es clara: urge reformar y, en la práctica, privatizar las pensiones para abordar la desigualdad que se ha enquistado en el sistema.

La relación entre salarios y vivienda

Sin embargo, la desigualdad se presenta con mayor claridad cuando se examina la relación entre salarios y el acceso a la vivienda. En 2008, un joven podía ganar el doble de lo que costaba alquilar una vivienda; pero tras la crisis, aunque los salarios repuntaron, los alquileres se dispararon, consumiendo casi la totalidad de los ingresos de los jóvenes. Actualmente, un joven necesita destinar el 92% de su salario para poder emanciparse, lo que ha llevado a una caída dramática en la tasa de emancipación juvenil, que ha alcanzado solo el 15% desde 2007.

Este contexto revela que el verdadero problema de los jóvenes no se encuentra en la relación con los jubilados, sino en el acceso a la vivienda. La desigualdad de riqueza entre las generaciones más jóvenes y los baby boomers muestra que gran parte de esta brecha se explica por la propiedad inmobiliaria, un factor que ha transformado la economía española en las últimas décadas.

La transformación del mercado inmobiliario

Durante los últimos 50 años, la sociedad de propietarios ha sido un pilar fundamental de la integración económica y política en España. El neoliberalismo ha impulsado la financiarización de la vivienda, lo que ha permitido a muchas familias acceder a la propiedad y, a su vez, formar parte de la clase media. Este bienestar, sin embargo, ha comenzado a depender cada vez menos de los salarios y más de la revalorización de los activos inmobiliarios.

Conceptos como capitalismo patrimonial y capitalismo rentista han comenzado a popularizarse para describir esta nueva realidad, donde la riqueza se concentra en la propiedad de activos, y la vivienda se erige como el eje central. Hoy en día, el valor de los bienes inmuebles representa el mayor depósito de riqueza del planeta, alcanzando casi cuatro veces el PIB mundial, lo que intensifica la concentración de riqueza y amplía la brecha social.

La propiedad de activos se distribuye de manera profundamente desigual. En 1987, bastaban tres años de salario para comprar una vivienda; hoy, los jóvenes necesitan el equivalente a 14 años de salario para lograrlo. Esto ha provocado que el acceso a la propiedad se vuelva prácticamente imposible para las nuevas generaciones, mientras que un pequeño grupo de personas multipropietarias acumulan un número creciente de propiedades.

La cifra de hogares menores de 30 años que vive de alquiler se ha disparado del 28% en 2006 al 57% en 2023, mientras que el número de aquellos que poseen entre dos y cuatro propiedades ha crecido un 46%, y los que tienen cinco o más han aumentado un 121%. Esta tendencia avanza hacia una sociedad dividida: por un lado, los multipropietarios que continúan acumulando viviendas; por otro, una mayoría creciente sin acceso a ninguna.

Esta fractura social amenaza con romper los pactos que han sostenido la cohesión en la sociedad y pone en jaque los valores meritocráticos y las oportunidades de movilidad social. En este contexto, los baby boomers son los vestigios de una generación que tuvo la posibilidad de acceder a la propiedad, pero el verdadero problema radica en la estructura del mercado inmobiliario. En un mundo caracterizado por un bajo crecimiento económico y una alta rentabilidad del capital, la desigualdad se amplifica, ya que quienes poseen patrimonio lo acumulan a un ritmo superior al crecimiento de la economía real.

Como advierte el experto en desigualdad Thomas Piketty, esta dinámica podría llevar a niveles de desigualdad inauditos en pleno siglo XXI. Para abordar la desigualdad, es fundamental replantear la redistribución, no entre generaciones, sino desde los grandes poseedores de patrimonio hacia aquellos que carecen de él. Esto exige un nuevo pacto social y una considerable fuerza política, que solo podrá construirse si jóvenes y baby boomers unen fuerzas en este desafío común.

Javier Gil, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), subraya la necesidad de un enfoque renovado que contemple estas dinámicas y busque soluciones efectivas para mitigar la desigualdad en el país.