El conflicto en el Donbás, en el este de Ucrania, sigue generando tensiones en la población que reside en la zona controlada por Kiev. En Kramatorsk, una ciudad situada a tan solo 20 kilómetros de las posiciones rusas, los residentes se muestran decididos a no ceder ante las presiones que sugieren que el 30% de la región de Donetsk, que aún está bajo control ucraniano, podría ser entregado a Moscú a cambio de paz. Esta propuesta ha levantado un fuerte descontento entre los habitantes, que rechazan ser considerados como moneda de cambio en negociaciones internacionales.
Ludmila, una mujer de 60 años que pasa sus tardes bajo un árbol en su barrio, expresa su deseo de permanecer en su ciudad a pesar del asedio: «Sí, me quedaría. Lo que quiero es la paz», afirma. Aunque su perspectiva es minoritaria, su voz resuena con la de muchos que han vivido toda su vida en Kramatorsk y que están arraigados a su hogar. La idea de entregar su tierra a cambio de un cese al fuego ha sido sugerida en las negociaciones impulsadas por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo que ha provocado un rechazo unánime entre los habitantes.
Una identidad en riesgo
La población de Donetsk, mayoritariamente rusófila, ha mantenido vínculos culturales y económicos con Rusia desde la disolución de la Unión Soviética. Sin embargo, el contexto actual ha llevado a las autoridades ucranianas a implementar políticas de desrusificación. Vadim Lyakh, alcalde de Sloviansk, destaca la importancia de promover la cultura y lengua ucraniana, un proceso que estima llevará entre 10 y 15 años. «Es absolutamente necesario», señala, para contrarrestar la propaganda rusa, aunque reconoce que la tarea es más fácil entre los jóvenes.
La situación es compleja en Kramatorsk, donde la normalidad se ve interrumpida por los ataques constantes. La ciudad, que contaba con casi 200 000 habitantes antes de la invasión rusa de 2022, se esfuerza por mantener su vida cotidiana a pesar del miedo y la incertidumbre. Los mercados reabren cada mañana, aunque los recuerdos de ataques anteriores, que han dejado numerosas víctimas, persisten en la memoria colectiva. Los comerciantes, como Yuri, que perdió más de 200 000 euros en un ataque, continúan luchando por mantener sus negocios a flote mientras expresan su indignación: «¿Qué daño le he hecho yo a los rusos?»
Resistencia y esperanza en tiempos de guerra
Kramatorsk se ha convertido en un símbolo de resistencia en el Donbás. La población, aunque golpeada por el conflicto, no se rinde. Victor, un vecino que barre su calle cada mañana, sostiene que «la esperanza es lo último que se pierde». Sin embargo, reconoce que con el tiempo, esa esperanza se va desvaneciendo a medida que la guerra se prolonga y la línea del frente se acerca. «Me quedaré aquí hasta el final, pero si los rusos llegan, sin duda dejaré Kramatorsk», concluye, reflejando la angustia de muchos.
La juventud también ha sido afectada. Ksenia, una adolescente de 13 años, resultó herida en un ataque de dron que mató a un hombre de 49 años. Ella y sus amigos anhelan volver a las clases presenciales, ya que la educación online es la única opción en medio del conflicto. «Hemos llorado mucho», comparte Ksenia, mientras su entorno ha cambiado irreversiblemente.
A pesar de la adversidad, la comunidad de Kramatorsk se mantiene unida, decidida a no ceder ante las presiones externas y a luchar por su identidad y su hogar. La resistencia frente a la invasión rusa no solo se manifiesta en acciones físicas, sino también en un fuerte deseo de preservar su cultura y su autonomía. «Nunca viviré bajo bandera rusa», concluye Emil Scar, un joven de 20 años, reafirmando su compromiso con su tierra y su gente.
