En el este de Siria, la recolección de laurel ha pasado de ser una actividad agrícola tradicional a un acto desesperado por la supervivencia. Jihad, un hombre de 71 años, se sienta a la entrada de su casa en Darmin, recordando el dolor de haber perdido a sus hijos en un conflicto que no parece tener fin. “No somos culpables de nada, salvo de querer alimentar a nuestras familias”, afirma con voz temblorosa.
La situación se ha vuelto crítica desde que el régimen de Bachar El Asad cayó en diciembre. En las montañas de la costa siria, donde viven comunidades alauíes, los recolectores se enfrentan a la elección entre arriesgar sus vidas o dejar a sus hijos morir de hambre. Eyad, un hombre de 42 años, recuerda el momento aterrador en el que tuvo que decidir entre huir de los disparos o volver a casa sin comida para sus hijos.
La espiral de violencia y sus consecuencias
Entre el 7 y el 9 de marzo de 2023, se produjo una ola de asesinatos perpetrados por combatientes sunitas contra comunidades alauíes en la costa mediterránea. La violencia se desató tras una rebelión de antiguos oficiales leales a Asad, lo que, según el Gobierno, resultó en la muerte de 200 miembros de las fuerzas de seguridad.
Desde entonces, la recolección de laurel no solo se ha convertido en una fuente de ingresos mínima, sino también en un acto de valentía ante pistoleros enmascarados que acechan a los recolectores en los bosques. A pesar del riesgo, muchos regresan al día siguiente, impulsados por la necesidad de alimentar a sus familias.
Las autoridades no han proporcionado explicaciones sobre la violencia, y no se han realizado detenciones. Las víctimas no son soldados ni activistas, sino trabajadores comunes, ex-empleados del Gobierno y padres de familia que intentan sobrevivir en un entorno hostil. En julio, una comisión de investigación del Gobierno sirio reportó que 1 426 personas perdieron la vida en marzo debido a estos ataques.
Condiciones de trabajo y la dura realidad económica
La recolección de laurel, que antes formaba parte de la economía agrícola de Siria, ha visto sus condiciones deteriorarse drásticamente. Según el ministerio de Agricultura, existen entre 60 000 y 70 000 hectáreas de bosques de laurel en las regiones costeras, pero solo se cosecha alrededor del 15% de esa superficie. La producción anual varía de 15 000 a 20 000 toneladas, de las cuales menos del 10% se exporta.
Los recolectores enfrentan una dura realidad: deben trabajar todo un día en terrenos escarpados para ganar aproximadamente 25 000 libras sirias, equivalentes a apenas 2 euros. Para muchas familias que han perdido sus empleos en la administración pública, esta actividad se ha convertido en la única opción para sobrevivir. Umm Hassan, en una modesta casa cerca de Jableh, sostiene una fotografía de su marido, quien trabajaba arduamente para llevar pan a casa y fue asesinado en un ataque.
La situación es igualmente difícil para los niños. Hamza, un niño de 12 años, lleva una bolsa de laurel casi tan grande como él mientras responde a las preguntas sobre su ausencia en el colegio. “Sin estas hojas, nos moriríamos de hambre”, afirma, reflejando la dura realidad de una generación que debería estar en las aulas, pero que se ve obligada a trabajar en condiciones peligrosas.
Abu Fuad, un comerciante de 55 años en Latakia, reconoce la injusticia del sistema. “Los recolectores venden un kilo de laurel seco por 7 000 libras sirias, poco más de 54 céntimos de euro. Si el lote tiene demasiadas ramas, el precio baja a 3 000 libras, aproximadamente 23 céntimos”, explica con resignación. Aunque el producto final se vende a precios elevados en mercados internacionales, el dinero nunca regresa a las montañas donde se cosecha.
La lucha de estos recolectores de laurel no solo refleja la desesperación económica, sino también la resistencia de un pueblo frente a la adversidad. La historia de Jihad, Eyad, Umm Hassan y muchos otros es un recordatorio del costo humano de un conflicto que sigue devastando vidas en Siria.
Este artículo fue publicado en colaboración con Egab, una plataforma que trabaja con periodistas de Oriente Próximo y África.
