Aran, de 24 años, y Noé, de 21, han inaugurado recientemente Pipilacha, un pequeño restaurante de cocina creativa ubicado en el barrio de Fuente del Berro, dentro de la M-30 en Madrid. La apertura de este local ha exigido una inversión de más de 150.000 euros, un desafío significativo para jóvenes emprendedores que, además, carecen de capital propio.
La búsqueda del local perfecto fue ardua; Aran y Noé visitaron entre 40 y 50 espacios en la capital sin encontrar lo que buscaban. Finalmente, el local de Pipilacha, con su cristalera y cocina adecuada, les pareció una oportunidad inmejorable. “Todo era carísimo o estaba demasiado lejos”, explica Aran, quien considera que, aunque la inversión fue elevada, “ha salido hasta barato” comparado con otros proyectos similares que suelen requerir presupuestos aún mayores.
Sin embargo, la realidad diaria del restaurante es más compleja de lo que imaginaban. Con una capacidad para 16 comensales, actualmente operan con solo 12. “Para estar dentro de la M-30, entre semana está flojito”, reconoce Aran, quien también señala que los fines de semana son más prometedores. A pesar de ello, la irregularidad en la afluencia de clientes genera incertidumbre y desafíos constantes. “Hay semanas muy buenas y otras en las que te preguntas si te has equivocado”, añade.
Hasta el momento, ninguno de los socios ha podido cobrar un sueldo. “Este mes no cobramos. Somos socios y asumimos lo que haga falta”, afirma Aran. Las jornadas laborales son extensas, abriendo de martes a sábado desde las nueve de la mañana hasta la una o dos de la madrugada. A pesar de las largas horas y el trabajo arduo, ambos tienen la motivación de hacer crecer su negocio. “Aquí hemos sido carpinteros, electricistas, diseñadores… de todo”, relata Aran, reflejando la multifuncionalidad que requiere el emprendimiento.
El menú de degustación, que consta de 15 pases por 75 euros, se centra en un concepto único: las flores como elemento central en cada plato. “No es un precio inflado”, defiende Noé, quien aclara que, con esa tarifa, prácticamente cubren los gastos de producto, tiempo, alquiler y sueldos. “El margen real es muy pequeño y muchas veces se reinvierte. Todo está hecho al milímetro. Lo más importante es que los números salgan”.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística son alarmantes: más del 20% de los negocios de hostelería no superan los dos primeros años de vida, siendo la falta de liquidez una de las principales causas de cierre. En este contexto, Aran y Noé saben que deben trabajar duro y confiar en que la suerte les acompañe.
A pesar de los desafíos, ambos están optimistas. “Todo el mundo sale contento. Ahora solo falta tiempo para que nos descubran”, dice Aran. Mientras esperan que su esfuerzo dé frutos, la deuda familiar y los números siguen siendo una constante en su día a día, recordándoles que emprender es un ejercicio diario de resistencia y dedicación, con un objetivo claro: triunfar con su restaurante.
