El 14 de febrero de 1996, el magistrado y expresidente del Tribunal Constitucional, Francisco Tomás y Valiente, fue asesinado en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) por un miembro de la banda terrorista ETA. Este brutal atentado, que se llevó a cabo mientras Tomás y Valiente hablaba por teléfono, impactó profundamente a la sociedad española, desatando una ola de protestas que marcarían un hito en la lucha contra el terrorismo.
La estrategia de ETA en ese momento se centraba en generar terror social, y el asesinato de Tomás y Valiente se enmarcaba en una serie de atentados que incluyeron la ejecución del socialista Fernando Múgica y el secuestro del funcionario de prisiones Ortega Lara. Sin embargo, el impacto del asesinato del jurista de 63 años fue tal que la sociedad reaccionó con una repulsa sin precedentes, especialmente en el ámbito universitario.
El movimiento de las Manos Blancas
En respuesta a la violencia, surgió el movimiento de las Manos Blancas, que comenzó en la UAM y se extendió por toda España. Miles de personas se agruparon para gritar “Basta ya”, levantando las manos pintadas de blanco en señal de protesta. Este movimiento simbolizó un despertar social que se intensificó tras el secuestro y asesinato del concejal del PP en Ermua, Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997.
El autor del asesinato, Jon Bienzobas, conocido como ‘Karaka’, logró acceder al despacho del magistrado tras simular ser un alumno. Bienzobas, que fue detenido en 1999 en Francia, recibió una pena de 30 años de prisión en 2007. El tribunal también ordenó indemnizaciones por valor de 900 000 euros para la familia de Tomás y Valiente, quien dejó esposa e hijos.
Un legado de concordia y defensa del derecho
Francisco Tomás y Valiente no solo fue una víctima del terrorismo, sino que su vida estuvo marcada por un compromiso firme con la defensa de los derechos y la convivencia pacífica. Su trayectoria como catedrático de Historia del Derecho y magistrado del Tribunal Constitucional dejó una huella imborrable en la vida democrática de España. Desde su cátedra, abogó por los valores de concordia e integración, reflejando su creciente preocupación por el deterioro de la convivencia social y política en el país.
Tomás y Valiente, quien accedió a la cátedra en 1964 y fue magistrado del Tribunal Constitucional entre 1986 y 1992, siempre defendió la independencia de las instituciones. Su labor fue reconocida por varios gobiernos, pero prefirió alejarse de la política activa tras su paso por el TC.
Su legado perdura no solo en las instituciones que ayudó a fortalecer, sino también en la memoria colectiva de un país que se unió en su rechazo a la violencia y la barbarie. Francisco Tomás y Valiente es recordado no solo como un jurista, sino como un hombre de Estado que supo hacer frente a los desafíos de su tiempo con moderación y tolerancia.
