Las muertes y desapariciones de más de una docena de científicos en Estados Unidos, que tenían acceso a información sensible, están siendo objeto de una revisión exhaustiva desde 2022. Las autoridades buscan conexiones entre estos casos, algunos de los cuales han sido catalogados como «misteriosos». Entre los fallecidos, varios estaban vinculados al NASA Jet Propulsion Laboratory (JPL), lo que ha despertado inquietudes sobre la naturaleza de sus muertes.
James Comer, presidente del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, expresó su preocupación al afirmar que «algo siniestro podría estar sucediendo». Esta inquietud se incrementa al conocerse que algunos de estos científicos habían alertado sobre posibles peligros para su vida. Un artículo del Daily Mail ha revelado que las muertes de investigadores vinculados al estudio de ovnis tienen un patrón que se remonta a varias décadas.
Un patrón inquietante desde los años 40
Las primeras muertes relacionadas con este fenómeno se remontan a finales de la década de los años 40, coincidiendo con el inicio de la era de los ovnis. Uno de los casos más notorios es el de Harold A. Dahl y su hijo, quienes en 1947 presenciaron un avistamiento de seis objetos voladores en la isla de Maury, en Washington. Este avistamiento, que incluyó la liberación de tiras metálicas y grumos negros, resultó en una serie de eventos trágicos, incluido el fallecimiento de su perro y una advertencia de un extraño para que guardara silencio.
Días después, dos investigadores enviados a investigar el incidente, el capitán William Davidson y el teniente Frank M. Brown, sufrieron un accidente aéreo mientras regresaban a su base. Para complicar aún más la situación, muchas de las evidencias y fotografías relacionadas con este caso desaparecieron, y una llamada anónima sugirió que el avión había sido derribado antes de que se hiciera público el accidente.
Más de 100 muertes sospechosas
La situación se torna aún más inquietante cuando se considera el testimonio del investigador Otto Binder, quien en 1971 afirmó que 137 investigadores de ovnis habían muerto en circunstancias misteriosas durante la década de 1960. Otro caso notable es el de Philip Schneider, un ingeniero implicado en la construcción de bases militares subterráneas, quien afirmó haber sobrevivido a un encuentro con extraterrestres en 1979. Su cuerpo fue encontrado el 17 de enero de 1996, en circunstancias que inicialmente se catalogaron como un derrame cerebral, pero que posteriormente se revisaron al descubrirse una manguera de goma atada a su cuello, sugiriendo un posible suicidio.
Estos relatos han alimentado teorías de conspiración y especulaciones sobre la existencia de un encubrimiento gubernamental que protege información sensible relacionada con la vida extraterrestre. Aunque muchos de estos casos han sido descartados como accidentes o suicidios, la coincidencia de las muertes de científicos con conexiones al estudio de ovnis sigue suscitando preguntas y sospechas en la comunidad científica y en la sociedad en general. La revisión actual de estos casos por parte de las autoridades podría arrojar luz sobre un capítulo oscuro y enigmático de la historia de la investigación científica en Estados Unidos.
