La vida diaria de un paciente con Alzheimer en Afate

Rafael Barrera, un hombre de 81 años, ha visto su vida transformada desde que le diagnosticaron Alzheimer hace poco más de cinco años. Esta enfermedad neurodegenerativa ha alterado su día a día, afectando no solo su memoria a corto plazo, sino también su capacidad para orientarse y comunicarse. Sin embargo, su historia es contada a través de su esposa, Candelaria Suárez, quien se ha convertido en su principal apoyo y voz.

Candelaria describe cómo enfrentaron el diagnóstico, una experiencia que cambió drásticamente la dinámica familiar. “Fue muy duro afrontar ese cambio en nuestras vidas”, señala. La llegada del Alzheimer no solo afecta al paciente, sino que también implica una serie de cambios en el entorno familiar, que deben adaptarse a un nuevo orden de roles. “Recuerdo esta etapa como muy convulsiva, tanto con la familia como con los amigos”, añade Suárez.

El apoyo de Afate en el proceso de adaptación

La Asociación de Familiares y Cuidadores de Enfermos de Alzheimer (Afate) se convirtió en un recurso vital para Candelaria y Rafael. “Me recomendaron sus servicios cuando comencé a buscar apoyo e información”, explica Suárez. Su primer contacto fue con Jesús Castro, psicólogo y coordinador de Afate, quien se reunió con la pareja para evaluar sus necesidades.

El proceso de integración en la asociación incluye una evaluación de las capacidades cognitivas del paciente, lo que permite a los profesionales diseñar un plan de trabajo adaptado a cada usuario. Barrera se ha adaptado bien a su nueva rutina y, en noviembre, cumplirá dos años en el centro de día terapéutico José Molina, un espacio gestionado por el Instituto Insular de Atención Social y Sociosanitaria (IASS).

Según Samuel Herrera, psicólogo y coordinador del centro, la adaptación es un proceso que requiere tiempo y paciencia. “Las personas con demencias tienen capacidades limitadas y la pérdida de memoria a corto plazo les impide recordar lo que hacen de un día para otro”, aclara. Por ello, se establece una rutina que proporciona seguridad a los usuarios, comenzando con unas pocas horas diarias que se van aumentando gradualmente.

Actividades para mejorar la calidad de vida

La jornada en el centro incluye terapias de orientación y actividades cognitivas, que ocupan la mañana. “A las diez y media es la hora del desayuno y luego continuamos con las actividades hasta las 12”, explica Herrera. Estas actividades no solo son psicológicas, sino que también incluyen logopedia y terapia ocupacional, adaptándose a las necesidades de cada día.

Después de la pausa del almuerzo, los usuarios participan en actividades más dinámicas. “Entendemos que el cerebro está cansado tras la mañana de trabajo, por lo que aprovechamos para comentar noticias y jugar, lo que también ayuda a ejercitar la memoria”, detalla.

A pesar de los esfuerzos, Catalina Coello, gerocultora con más de 21 años en Afate, reconoce que hay días difíciles. “Es un trabajo muy bonito, pero a veces es duro”, explica. Algunos usuarios, especialmente los que se encuentran en etapas avanzadas, pueden necesitar apoyo emocional adicional, lo que resalta la naturaleza progresiva del Alzheimer.

La misión de Afate es ralentizar el avance de la enfermedad y ofrecer acompañamiento a las familias. “Está demostrado que la combinación de farmacología con terapia y actividades es el tratamiento más eficaz”, insiste Herrera. El centro cuenta con 50 plazas y sirve a unas 400 familias en Tenerife y cerca de 100 en La Gomera.

A pesar de los recursos existentes, Candelaria destaca la necesidad de más apoyo. “La población canaria está envejeciendo y la demanda seguirá aumentando”, advierte. No obstante, agradece profundamente la ayuda recibida: “No puedo decir que haya encontrado apoyo, porque la expresión se queda corta; para nosotros, fueron una salvación”, concluye, reconociendo el impacto positivo de Afate en su vida y la de Rafael.