La situación en Cuba se ha vuelto insostenible, con la población enfrentándose a una crisis humanitaria sin precedentes. Desde el barrio La Víbora, Enrique Ríos describe una ciudad en la que el silencio se apodera de las calles, vacías y cubiertas de basura. Este desolador panorama es el resultado de años de ineficiencia gubernamental y una economía centralizada que no logra proveer a sus ciudadanos de lo más básico.
“Llevamos meses sin electricidad desde que cae el sol, somos como hormigas que huyen de la lluvia, pero nosotros huimos de la oscuridad”, relata Ríos, quien se encuentra en su azotea, rodeado de un paisaje que recuerda a una película de guerra. La gente se refugia en sus casas, buscando algo que comer mientras la noche avanza.
Un colapso anunciado
La crisis no es nueva, pero ha empeorado significativamente desde el 3 de enero de 2023, cuando Estados Unidos bombardeó Caracas con el objetivo de derrocar a Nicolás Maduro. Venezuela, el principal aliado de Cuba, había sido una fuente crucial de petróleo y apoyo económico. Con la caída de Maduro, el flujo de crudo se detuvo, y el gobierno estadounidense, bajo la dirección de Donald Trump, impuso aranceles a cualquier nación que intentara enviar combustible a la isla.
A consecuencia de estas medidas, Cuba enfrenta una falta de recursos sin precedentes. La electricidad es un lujo que muchos no pueden permitirse, y las clases en universidades y escuelas han sido suspendidas. El transporte público es prácticamente inexistente, y los acueductos no logran bombear agua a los barrios, dejando a las familias sin acceso a este recurso vital.
La población se ha visto obligada a recurrir a métodos primitivos para cocinar, utilizando leña o cualquier material que puedan encontrar. Los hospitales carecen de medicamentos, y la basura se acumula en las calles, convirtiéndose en una parte más del paisaje cubano. “Estamos viviendo en un pantano que nos va tragando cada día”, afirma Ríos, reflejando la desesperación de un país que parece haberse rendido.
Un futuro incierto
La crisis humanitaria en Cuba no solo es un problema local, sino que tiene repercusiones en el ámbito internacional. La falta de atención adecuada y la escasez de recursos han llevado a un aumento en el número de cubanos que buscan emigrar. La comunidad internacional observa con preocupación cómo un país que alguna vez fue un referente en educación y salud se convierte en un ejemplo de lo que puede suceder cuando la gobernanza falla.
Las palabras de Enrique Ríos resuenan en el corazón de muchos cubanos: “Un día menos de suplicio”. Sin embargo, lo que se requiere es un cambio radical que permita a la isla salir del ciclo de precariedad en el que se encuentra inmersa. Con 9,7 millones de cubanos atrapados en esta crisis, la urgencia de una solución nunca ha sido tan apremiante.
Dieciséis horas después de nuestra conversación, Ríos me envía un mensaje: “Perdón, no te colgué, se me acabó la batería, como a Cuba”. La ironía de su frase no se pierde en el contexto de un país en el que la falta de recursos se ha vuelto la norma.
