Pocas cuestiones en el ámbito contemporáneo generan tanto consenso científico como la existencia del cambio climático inducido por la actividad humana. Este fenómeno, que ya no se puede considerar un problema futuro, está afectando nuestras vidas en el presente. Las temperaturas medias globales han aumentado alrededor de 1,5 °C desde la era preindustrial, lo que se traduce en niveles del mar en ascenso, deshielo polar y un aumento en la frecuencia e intensidad de fenómenos climáticos extremos, como olas de calor, sequías y huracanes.
La Organización Meteorológica Mundial ha confirmado que los últimos diez años han sido los más cálidos jamás registrados. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, que reúne a centenares de expertos de todo el mundo, es “inequívoco” que las actividades humanas, especialmente la quema de combustibles fósiles, son responsables del calentamiento global. Su último informe sintetiza más de 14 000 estudios científicos y advierte sobre las consecuencias que ya están en marcha.
Impacto en España y Extremadura
España se posiciona como uno de los países europeos más vulnerables ante este cambio. Desde 1961, la temperatura media ha subido 1,7 °C, superando la media global. Los años 2022, 2023 y 2024 han sido los tres más calurosos desde que existen registros. Las olas de calor han tenido un impacto significativo en la salud, la agricultura y los ecosistemas, afectando especialmente a regiones como Extremadura, que es particularmente susceptible a la desertificación, el estrés hídrico y los incendios forestales.
En 2023, varias localidades de Extremadura alcanzaron temperaturas superiores a 44 °C. El año hidrológico fue uno de los más secos en décadas, con la cuenca del Guadiana cayendo por debajo del 30% de su capacidad, lo que afectó el abastecimiento urbano y el regadío. Los incendios forestales, que antes eran estacionales, se han convertido en una amenaza constante. En la última semana de julio de 2025, se registraron 26 incendios que afectaron a unas 1 300 hectáreas, siendo el incendio de Valdecaballeros uno de los más devastadores, con más de 2 400 hectáreas arrasadas.
Este agosto ha sido aún más devastador, con la quema de unas 35 000 hectáreas, de las cuales 15 000 corresponden al incendio de Jarilla. Extremadura ha experimentado una ola de calor intensa, la tercera más larga registrada, con 16 días de duración y temperaturas que superaron los 40-43 °C, alcanzando un récord de 45,5 °C en Badajoz. Estos datos no son aislados; representan la intensificación de fenómenos climáticos extremos que están interrelacionados con el cambio climático.
Negacionismo y responsabilidad social
Frente a esta alarmante realidad, resulta preocupante la postura de aquellos que han convertido el negacionismo climático en un pilar ideológico. Bajo la excusa de defender la ‘libertad individual’ o el ‘interés nacional’, se desestiman los consensos científicos, se minimizan las consecuencias y se niega la existencia del cambio climático. En algunos casos, se difunden teorías conspirativas sin fundamento, desacreditando a expertos y organismos internacionales.
Esta actitud no es solo ignorancia, sino una estrategia política vinculada a intereses económicos contaminantes o a una ideología que rechaza cualquier tipo de regulación ambiental y cooperación internacional. El “interés nacional” se utiliza como justificación para frenar políticas verdes, aunque esto signifique ignorar la ciencia y poner en peligro el futuro colectivo. Es un debate que se sitúa en la frontera entre la ciencia y la desinformación, entre la responsabilidad colectiva y el cortoplacismo electoral.
Defender la existencia del cambio climático no es un acto de fe, sino una respuesta fundamentada en hechos. Actuar contra él no es una opción ideológica, sino una obligación moral hacia las generaciones futuras. Negar el cambio climático hoy es tan absurdo como negar la gravedad o la evolución biológica. No se trata de una postura alternativa, sino de una forma de ignorancia deliberada que amenaza la verdad, la democracia y la sostenibilidad del planeta.
Los datos están ahí; las consecuencias son palpables, y la responsabilidad política es ineludible. Como sociedad, debemos exigir que nuestras instituciones actúen con seriedad y valentía. El tiempo para actuar se agota. El cambio climático no espera, y quienes lo niegan tampoco descansan. La lucha contra la desinformación es ya inseparable de la lucha por el clima, es decir, por nuestro planeta.
