Con la llegada del verano, muchas personas disfrutan del descanso, sin embargo, para quienes viven solas, especialmente las personas mayores, esta época puede acentuar el aislamiento y el malestar emocional. Según Karmele Zabala, psicóloga clínica con amplia experiencia en el acompañamiento emocional de personas mayores, el verano no crea la soledad, pero sí la deja al descubierto y la hace más evidente.
Impacto del verano en la soledad
Durante el año, la vida social de las personas mayores suele estar más estructurada y organizada en torno a actividades laborales y escolares. Sin embargo, en verano, este ritmo se detiene y muchos mayores se ven afectados por la falta de rutina. Se cierran centros de mayores y se cancelan actividades como talleres o ejercicios. Además, el entorno familiar se ve alterado, ya que muchos familiares se marchan de vacaciones, lo que contribuye a un aumento del sentimiento de soledad.
Las personas mayores con redes sociales limitadas, movilidad reducida o sin actividades son las más vulnerables. Un ejemplo común es el de una mujer mayor que solo recibe la visita semanal de una sobrina; si esta se va de vacaciones, su situación de soledad se intensifica.
Consecuencias emocionales y síntomas
Los síntomas de la soledad estival suelen manifestarse como malestar emocional, tristeza, desánimo y apatía. Además, pueden aparecer síntomas físicos relacionados con este malestar. Muchas personas mayores comienzan a sentirse mal justo cuando sus familias se van de vacaciones, lo que puede llevar a un aumento en las visitas al centro de salud. Este fenómeno, conocido como somatización, es una forma desesperada de pedir afecto y atención.
Las familias a menudo cometen el error de basar las relaciones afectivas de los mayores únicamente en la familia. Cuando esta se ausenta, las personas mayores quedan desprotegidas, lo que resalta la necesidad de fomentar estructuras comunitarias que no dependan solo de los vínculos familiares. Los centros de mayores y otros recursos comunitarios deben adaptarse para ofrecer apoyo continuo durante todo el año, no solo en función del calendario laboral.
Es esencial que las familias trabajen previamente en la construcción de una red social diversa que incluya amigos, vecinos y actividades comunitarias. La falta de estos apoyos puede llevar a la intensificación de la soledad, especialmente cuando se producen cambios en la rutina, como las vacaciones de familiares cercanos.
La soledad no deseada no es un problema exclusivo de las personas mayores. También afecta a adolescentes que en verano no tienen instituto, así como a personas que atraviesan momentos de cambio personal, como divorcios. La falta de apoyos es un denominador común que puede hacer que la soledad se vuelva más evidente durante los meses estivales.
La sociedad comienza a abordar el problema de la soledad, aunque todavía queda un largo camino por recorrer. En algunos países se han creado Ministerios de la Soledad, evidenciando la seriedad del asunto. Sin embargo, la realidad es que vivimos en una sociedad cada vez más individualista, donde las redes vecinales han disminuido y el sentimiento de aislamiento se ha incrementado. Es urgente reconstruir una red comunitaria que permita a las personas sentirse parte de algo, especialmente a aquellos que no están integrados en la vida laboral o educativa.
La clave está en reconocer la soledad como un problema estructural y de salud pública que requiere atención y acción continua.
