Mientras muchos jóvenes hacen las maletas para buscar suerte en las grandes ciudades, José Ignacio Ruiz Sobrado decidió remar en sentido contrario. A sus 28 años, dejó su puesto fijo en Mercadona y apostó todo por su tierra. Hoy, su pescadería en Villarcayo (Burgos) se ha convertido en un símbolo de esperanza para un pueblo que llevaba años sin este servicio esencial.
De empleado estable a emprendedor rural
Su negocio, ubicado en la calle Doctor Mendizábal nº 4, es actualmente la única pescadería del municipio. “La idea nació en Mercadona, donde me formaron como pescadero. Me gustaba mi trabajo, pero llevaba tiempo queriendo montar algo propio”, explicó en una entrevista con Radio Nervión.
Tomar la decisión no fue sencillo. “Lo más difícil fue dejar la seguridad del empleo fijo y enfrentar la incertidumbre de no saber si acertaría o no”, reconoce José Ignacio. Pero su valentía ha sido recompensada: “El inicio ha sido inmejorable, la gente ha respondido muy bien”.
El valor de la cercanía y la frescura
Cada día, el pescado llega directamente desde la lonja a través de un proveedor local. “Es un género muy fresco, y eso se nota a simple vista”, comenta con orgullo. Su fórmula se basa en algo que los grandes supermercados no pueden igualar: trato cercano, producto fresco y atención personalizada.
“No quiero competir con los grandes. No puedo hacerlo en volumen, pero sí en cercanía y servicio. Eso no lo tienen ellos”, afirma con convicción.
Una apuesta por el pueblo y por el futuro
Para José Ignacio, abrir su negocio no es solo una cuestión económica, sino un acto de amor por su pueblo. “Amo Villarcayo, y creo que la vida rural tiene que seguir con luz. No son tiempos fáciles para emprender, pero los jóvenes deberíamos tomar más iniciativas como esta”, declaró emocionado.
Por ahora no ha recibido ayudas institucionales, aunque planea solicitar alguna para jóvenes emprendedores. “No me frena no tener ayudas. Lo importante era empezar. Y aquí estoy”, cuenta entre risas.
Soñar con raíces
Cuando se le pregunta por el futuro, responde con una sonrisa: “Sueño con seguir muchos años aquí, trabajando duro, recogiendo los frutos y aportando mi granito de arena para que el pueblo siga con vida. Y si cae la Primitiva, pues mejor”, bromea.
Con su decisión, José Ignacio no solo ha abierto una tienda, ha abierto una puerta al optimismo rural. Su historia recuerda que el emprendimiento también puede nacer desde el cariño por las raíces y la comunidad. En tiempos de despoblación, su ejemplo demuestra que aún hay jóvenes dispuestos a devolver vida y esperanza a los pueblos.
