La ciudad autónoma de Melilla enfrenta una situación paradójica en el contexto del turismo en el Estrecho de Gibraltar, que ha alcanzado cifras récord con 3,4 millones de pasajeros anuales que cruzan entre España y Marruecos. A pesar de su ubicación privilegiada y su patrimonio cultural, Melilla se limita a ser un destino de tránsito, perdiendo la oportunidad de convertirse en un polo turístico significativo.
Durante la temporada estival de 2024, el Estrecho se consolidó como el mayor cruce marítimo de Europa, con 847.000 vehículos transportados, y cada día, numerosas embarcaciones navegan cerca de las costas melillenses sin que los pasajeros consideren la ciudad como un destino atractivo. El puerto de Algeciras se ha fortalecido como el principal punto de entrada tras el cierre de la ruta Tarifa-Tánger Ville en mayo de 2025, y las navieras están invirtiendo millones en modernizar sus flotas, lo que resalta la importancia estratégica de la zona.
Un potencial turístico desaprovechado
La diferencia entre «hacer turismo» y «generar turismo» es evidente. Mientras que hacer turismo implica esperar que los visitantes lleguen por casualidad, generar turismo requiere una estrategia activa que incluya condiciones, servicios e incentivos para atraer a los viajeros. Melilla ha optado por conformarse con su rol pasivo, limitándose a recibir visitantes ocasionales.
Su posición geográfica, como puente entre Europa y África, así como su arquitectura modernista y su rica mezcla cultural, son activos que podrían atraer a un mayor número de turistas. Sin embargo, la ciudad carece de una estrategia coherente, infraestructuras adecuadas y una promoción efectiva que esté a la altura de su potencial. Mientras otras ciudades desarrollan planes turísticos ambiciosos, Melilla permanece anclada en un modelo que no genera flujos turísticos sostenidos.
Consecuencias económicas de la inacción
La falta de vuelos directos regulares desde las principales ciudades españolas y la escasa visibilidad en mercados internacionales son signos de una dejación de funciones en materia turística. Cada visitante que no llega, cada pernoctación no realizada y cada euro que no se gasta en comercios locales representa una oportunidad perdida para una economía que necesita diversificarse más allá del sector público.
El contraste con el dinamismo del Estrecho de Gibraltar es revelador. Mientras esta zona se transforma con proyectos como el túnel ferroviario submarino de 10.000 millones de euros previsto para 2040, Melilla parece instalada en una mediocridad que no genera expectativas ni atrae inversiones. La diferencia entre resignarse y trabajar para alcanzar lo que se merece es evidente.
En definitiva, una ciudad con el potencial turístico de Melilla no puede permitirse el lujo de seguir siendo solo espectadora del éxito ajeno. Es crucial que adopte una postura activa y ambiciosa para aprovechar las oportunidades que el turismo puede ofrecer.
