El consumo de chicle, una golosina popular en todo el mundo, se ha convertido en un problema ambiental significativo debido a los microplásticos que contiene. Este producto, que ha sido parte de la cultura popular durante generaciones, comienza a generar preocupación entre científicos y ambientalistas por su impacto en el medio ambiente.
Pese a que la creencia de que un chicle se queda en el estómago durante siete años ha sido desmentida por la ciencia, el problema radica en la base del chicle, compuesta por polímeros sintéticos que no se descomponen en el organismo y que, a su vez, causan daño al medio ambiente.
El vínculo entre el chicle y los microplásticos
Una investigación presentada en la primavera de 2025 por un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles ante la Sociedad Química Estadounidense revela que tanto los chicles sintéticos como los de base natural liberan microplásticos al ser masticados. Cada gramo de chicle puede liberar entre 100 y 600 microplásticos, y una sola pieza puede llegar a liberar hasta 3.000 partículas. Se estima que el consumo anual de entre 160 y 180 chicles puede resultar en la ingestión de hasta 30.000 microplásticos.
Esto implica que no solo el desecho de este producto representa una amenaza, sino también su uso, ya que los residuos microscópicos generados se tragan sin ser conscientes de su presencia.
Historia y evolución del chicle
El hábito de mascar chicle no es nuevo; existen evidencias de su uso en Europa hace más de 5.000 años, cuando se utilizaba brea de abedul para la higiene oral. En América, pueblos como los mayas y aztecas utilizaban la savia del árbol Manilkara zapota. Sin embargo, el chicle moderno, que se popularizó durante la Segunda Guerra Mundial, ha cambiado drásticamente su composición. Actualmente, la mayoría de los chicles están hechos de compuestos sintéticos derivados del petróleo, lo que ha generado graves consecuencias medioambientales.
La industria del chicle ha sustituido la goma natural por una base sintética compuesta por estireno-butadieno, polietileno y acetato de polivinilo, materiales que lo convierten en un producto no biodegradable y su persistencia en el entorno es comparable a otros residuos plásticos.
Además, las cifras globales son alarmantes: cada año se fabrican 1,74 billones de unidades de chicle, generando más de 2,4 millones de toneladas de producto, incluyendo unas 730.000 toneladas de goma sintética. Esto resulta en una acumulación de residuos que difícilmente se eliminan del entorno urbano, ya que los chicles desechados son el segundo residuo más común en las ciudades, solo superados por las colillas de cigarrillo.
La falta de sistemas específicos para su eliminación adecuada agrava la situación, siendo la alternativa más responsable envolverlos en papel antes de depositarlos en una papelera, aunque esto no evita que terminen en vertederos como desechos no reciclables.
Alternativas sostenibles en el horizonte
Ante este panorama preocupante, algunas marcas están innovando con chicles biodegradables elaborados con materiales vegetales. No obstante, su alcance es limitado y sus precios no compiten con los productos de las grandes empresas. Una iniciativa destacada es Gumdrop, empresa británica fundada en 2011 que se dedica a recoger chicles usados para reciclarlos en nuevos productos. Sus contenedores de recogida, fabricados con plástico de chicle reciclado, han demostrado reducir hasta un 90% de los residuos en las áreas donde se instalan.
El plástico reciclado se utiliza para crear vasos reutilizables, lápices y suelas de calzado, promoviendo así un modelo de economía circular. Cada contenedor lleno puede reciclar unos 500 chicles y producir tres unidades nuevas.
La sugerencia de los expertos no es un alarmismo infundado, sino un llamado a reconsiderar un producto que, aunque inocente a primera vista, tiene un impacto ambiental considerable y creciente.
