Recientemente se ha viralizado una imagen impactante: una encina, rodeada de cenizas, que se erige como un oasis en medio del fuego. Bajo su copa, varios animales encuentran refugio, protegidos por las ramas de este árbol milenario. A su alrededor, todo ha sido consumido por las llamas, pero el círculo que los animales han mantenido con sus costumbres de pastoreo ha creado un cortafuegos natural que ha salvado su vida. Este fenómeno pone de manifiesto la importancia de una gestión activa y tradicional de los montes, un aspecto crucial que se ha perdido en la actualidad.
La prevención de incendios forestales no surgió de despachos ni de presentaciones de PowerPoint, sino que ha sido una práctica arraigada en las comunidades durante siglos. En España, los montes comunales han sido terrenos de acceso para todos los vecinos, donde se recogía leña, se pastoreaba y se mantenían caminos. Sin saberlo, estas actividades aseguraban que los montes se mantuvieran limpios y vivos, protegiéndolos del fuego.
El impacto de la gestión forestal tradicional
Sin embargo, con el tiempo, la intervención de urbanitas y asesores ha transformado esta relación. Muchos de estos «progres de despacho» abogan por dejar los bosques sin tocar, pero esta visión ha llevado a la acumulación de maleza y, por ende, a un aumento en la vulnerabilidad de los montes ante incendios. Mientras en países como Suiza, los pastores son subvencionados por colaborar en el desbroce natural de los Alpes, aquí se ignora el valor de los animales como cortafuegos vivos.
La realidad es que, en lugar de facilitar el acceso y la gestión del monte, las regulaciones y la burocracia han hecho que se convierta en un laberinto casi impenetrable. La acumulación de material inflamable es el verdadero enemigo que enfrentamos. La historia nos recuerda que, tras la batalla de Simancas en 939, la tala indiscriminada de árboles para construir nuevas viviendas llevó al mayor incendio documentado en las crónicas medievales en 949.
Un llamado a la acción: recuperar la gestión comunitaria
No se trata de regresar al pasado, sino de aplicar el sentido común en la gestión de los montes. Limpiar donde es necesario, abrir cortafuegos útiles y permitir que quienes conocen el terreno trabajen en él es esencial. Las soluciones deben ser prácticas y adaptadas a la realidad de cada zona, sin caer en la trampa de la burocracia que solo dificulta la intervención.
La encina que ha salvado a los animales del fuego es un símbolo de lo que se puede lograr a través de una gestión adecuada y comunitaria. Su salvación se debe a la vaca y a la cabra que, año tras año, han trabajado para mantener su entorno. La madre naturaleza no pide que dejemos de tocar el monte, sino que reconozcamos el valor de quienes lo cuidan.
Recuperar la esencia de los montes comunales es un paso fundamental hacia la prevención de incendios y la conservación de nuestros bosques. No se necesita un héroe mitológico para enfrentarse a los desafíos actuales; lo que se requiere es un cambio de mentalidad que vuelva a poner en valor la gestión sostenible y comunitaria del medio natural.
